viernes, 16 de enero de 2009

EL SEMÁFORO, COMO MICROCOSMOS DE LA MISERIA


En muchos de los países latinoamericanos, la vida en el semáforo es una condensación de la vida de la ciudad, representa el “Microcosmos de la miseria en las ciudades”. En cada semáforo están diferentes personajes que conforman la gama de miseria y pobreza: los vendedores, el gamín, los niños, las mujeres, los desempleados, los mutilados. Todos han elegido este escenario para mostrarse al mundo, para sobrevivir, para transmitir sus mensajes, para poder ser reconocidos por los que conforman el lado opuesto de su marginalidad.

Personajes del otro lado, que al transitar por estos cruces también hacen parte de esta armazón al estar observando, aportando, negando, participando de una u otra manera de lo que allí se construye. Y es que al ser el semáforo, un espacio público de cruces de vías y de sentidos, se convierte en un lugar de múltiples encuentros, de adhesiones, de transgresiones, de fisuras, de nuevas construcciones y reconstrucciones que retroalimentan los sentidos y valores de nuestra sociedad.

Para los mismos artistas callejeros, el semáforo condensa diferentes significados: El semáforo como espacio de resistencia, como símbolo del arte, como rito de iniciación, pero también, es un escenario que aparece como un recurso inmediato a las necesidades económicas no solo de los artistas callejeros, aquellos que han elegido el arte como un estilo de vida, sino de aquellas personas, que dedicados a la economía de subsistencia, han acogido estas expresiones como una posibilidad más del rebusque: ”El semáforo nosotros lo utilizamos como un cajero automático”. Chino Wilson.

Flacoapie, el “circo ambulante”, como lo he nombrado desde que lo vi por primera vez, es una artista callejero de 25 años, argentino, quien salió de su casa hace tres años en un monociclo y con un morral lleno de juguetes (nariz roja, clavas, varas, pelotas…). Ha estado en varios países de Suramérica: Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Perú, Chile. Y para mí, él es el más callejero de todos los artistas callejeros que he conocido debido a su condición de viajero incansable y a la forma de recorrer y conocer las calles de las ciudades que habita. Flacoapie continúa con la práctica de malabariar en semáforos, que aunque considera extremadamente dura, la tiene suficientemente introyectada como para que ya haga parte de su cotidianidad.

Cada noche llega de su trabajo: “semaforiar”, prepara algo sano para comer (solo verduras o frutas y nada que contenga químicos), se baña y se reúne en la sala de la casa con los amigos a escuchar y contar las vivencias del día. Es una persona tímida, callada, que se ha autonombrado “Flacoapie” y así es conocido en todo el cosmos del arte callejero. Y ante nuestra pregunta de ¿cómo le fue hoy en el semáforo? empieza a contarnos, adoptando una posición corporal y unos gestos de mucha reflexividad, sobre las diferencias de los semáforos entre los países en los que ha estado.

Bolivia es excelente, tranquila, amigable, nada malo ocurre y la gente da mucho dinero. Argentina y Chile con su gran trayectoria en arte callejero, funcionan siempre bien, trabajar dos horas diarias sirve para poder vivir maravillosamente. Ecuador es bueno por lo que se gana en dólares, aunque la policía de migración asedia.

Caracas, dice él, es una ciudad de muerte, todo el tiempo se está escuchando disparos, balas de acá y de allá. Nos contó de haber estado alguna vez en un barrio de Caracas, cerca de un semáforo en donde siempre malabariaba. Algo extraño estaba ocurriendo, él se fue acercando lentamente y fue testigo de una gran acción comunitaria. La gente le pegaba con palos y piedras a un hombre joven, que según le contaron después era un violador. Al final todos los hombres, mujeres y niños le prendieron fuego al trasgresor. Para Flacoapie esta vivencia fue aterradora, observar como toda una comunidad captura a una persona y la quema viva. Sin embargo, las personas de allí le explicaban de muchas maneras que esto es normal: “Ellos son la ley, y no iban a dejar que un hombre que viola a sus hijas siga vivo”. Todo esto realizado obviamente sin que hubiese ni un solo agente de las autoridades.

Esta historia nos trajo a Colombia y nuestra imaginación voló a todos los barrios y a toda la problemática que sabemos existe en nuestro país. Para nosotros, colombianos y no colombianos que escuchábamos, el relato fue algo asombroso e inmediatamente pensamos y dijimos en coro: “Pero Colombia no es tan así, ¿o si?” Y la conclusión a la que llegamos fue que definitivamente hay muchas Bogotás, muchas Colombias. Una es nuestra percepción, otra puede ser la historia de un joven de un barrio de invasión o simplemente la de un artista callejero como Flacoapie que ve la vida desde un semáforo.

Flacoapie en los 30 días que estuvo en Bogotá, recorrió algunos semáforos siempre observando las mejores condiciones, y se quedó con el semáforo de la 100 con 19. Allí, para él: “el mundo es otro”. En este semáforo hay diversos personajes: Una mujer mayor que pide limosna con sus nietos: un niño con estrabismo y una niña de más o menos 4 años, que se convirtió en su mejor compañera. La niña lo miraba detenidamente en todo su espectáculo y cuando éste terminaba, caminaba detrás de él, aplaudiéndolo y gritándole. “¡Viva el payasito, viva el payasito!”. Lo que le ayudaba a conmover más a su audiencia. Bueno, hay que ver como practica este personaje el semáforo: Montado en su monociclo (Tiene dos: uno pequeño y otro de dos metros al que llama cariñosamente la Jirafa), con su nariz de payaso, con su nuevo sombrero negro y haciendo clavas, pelotas o fuego. Es verdaderamente impresionante.

Esta niña conmovió a Flacoapie, siempre que llegaba a la casa después del semáforo, hablaba de ella, de que lo perseguía, que le aplaudía y que compartían en ocasiones la comida y algunas monedas. Pero en el semáforo hay más personajes: “Los ñeros” y los que limpian los vidrios de los carros, que siempre están invadiendo los espacios de los automovilistas, lo que genera irritación, logrando que les cierren las ventanillas y que no les den dinero. Obviamente los ladrones también son personajes típicos y conocidos por todos, es otro de los oficios más del semáforo. Los vendedores de rosas, de tarjetas de teléfonos, de dulces, son personajes sencillos que tratan de trabajar y de ganar su sustento. Allí se reúnen los marginales, viendo pasar a los “otros” habitantes de la ciudad.

Pero lo que más conmueve a Flacoapie de los semáforos en Colombia, son los hombres mutilados. Según él, en ninguna otra ciudad de Suramérica en donde ha estado, ha visto mutilados. No entendía las razones de esto, hablaba de varios personajes mutilados que veía en sus semáforos. Casi lo describía como una plaga, logrando visibilizar en poco tiempo, algo que nosotros tenemos tan oculto y olvidado. Y tal vez por esto su relato nos espantó. Lo que llevó a que la conversación se fijara en la guerra en Colombia como tratando de darle una posible explicación a Flacoapie y a nosotros mismos de las causas de estos pies mutilados. “Las minas quiebrapatas” (como también se le nombra a las minas antipersonales), alguien nombró.

En este país muchos hombres, mujeres y niños, están mutilados por esta causa, una herramienta de los insurgentes para dañar al otro, no para matarlos, sino para dejarles una huella en su memoria y en su cuerpo de las atrocidades de la guerra. Y es que esa es otra Colombia, diferente a la que siempre vemos en nuestros recorridos diarios o protegidos en el calor de nuestras casas creyendo que nada pasa. Para ellos, para los artistas callejeros, que habitan diferentes espacios de cada lugar que visitan, siempre hay diferentes versiones de las ciudades: las calles, los diferentes espacios, el semáforo, los mutilados de Colombia, los barrios de Caracas, la casa de los amigos. Esferas que representan dimensiones completamente disímiles en cada ciudad.
Para muchos de los que escuchábamos, Bogotá solo significa la hostilidad de los trancones o la sobrepoblación del Transmilenio, la viabilidad de estudiar, de tener muchas posibilidades culturales y de vida, la casa con los amigos de muchos países diferentes. Y tal vez debido a esto y a quien sabe que otro mecanismo, los relatos de Flacoapie de esa noche, nos dejaron francamente pensativos sobre nosotros mismos y sobre la manera de conocer el país y la ciudad en que vivimos.

Flacoapie logró conocer y visibilizar bastante más de Bogotá que muchos de nosotros. Esto tal vez debido a la misma condición de marginalidad en la que están inscritos los artistas callejeros. Para ellos, el semáforo, aunque relegado a épocas de necesidad y de hambre, es la esencia misma de la ciudad y del arte callejero.

Los últimos dos días de su estadía en Bogotá, no hizo semáforo, se dedicó a disfrutar de la casa, los parques y del entrenamiento con los amigos. Se fue con su morral lleno de circo, montado en “La jirafa” y llevando con él 30 mil pesos en monedas de dos días de trabajo, seguro que con eso podría pasar unas buenas vacaciones en San Agustín y seguir bajando para Argentina, que es su principal plan en el momento.

Después de su visita en nuestra casa, salimos a la calle a semaforiar. Santa como principal malabarista, otras seis personas respaldando el espectáculo y yo pasando el sombrero. Para mi fue extraordinario ver la cara de los automovilistas, de los otros transeúntes que pedían su espacio. Pero lo mejor fue el grupo que se fue armando. Al final nos encontramos junto a muchos de los habitantes marginales de la ciudad que veían en nosotros algo exótico. Muchos de ellos se unían por complicidad y con la alegría que emanábamos, otros con deseos de aprender, otros pidiendo dinero o defendiendo su espacio, otros ofreciendo sus mercancías; y todos compartiendo la singularidad de hacer parte de es este Microcosmos inmenso en las que se convierten los semáforos y las calles de nuestras ciudades.
Marian Ríos

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